
Con la única compañía de la llama de una vela azul, comprendí que los buenos momentos también se acompañan de otros menos agradables. Saber que estaba en la habitación, con el movimiento de unos labios refrescando la almohada y un melodía tramada con su respiración suave y acompasada, a modo de base, me ayudaron a no pasar de la intranquilidad a la ira. Justo en ese instante asumí que se trata de eso: de compartir cada segundo, comprender que la realidad deseada a veces se tuerce y que una falta nunca puede ensombrecer un expediente intachable.
Ahí es donde podemos decidir nuestro camino: ir a nuestro aire con la seguridad del funambulista en el alambre o con la ayuda de quien no dudaría en hacer cualquier cosa por nosotros. Por eso terminamos cenando pizza y durmiendo juntos.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada